No se si lo hago bien o lo hago mal. Pero me encanta escribir!. Recuerdo mi primer contacto con las letras y las personas que me acercaron a ellas. Primero mi mamá que con piezas de cartón y sílabas dibujadas cada tarde me enseñaba a armar palabras.
Mi colección interminable de chistes que releía una y otra vez y mis primeros escritos: cartas que le enviaba a mi profesora de Inglés Iliana cuando apenas tenía 7 años.
Luego cuando era adolescente escribía poemas por las noches, en realidad eran sensaciones en referencia a platónicos amores. A la mañana siguiente esos papeles eran rotos…me avergonzaba de mis sentimientos.
Más tarde compartí el gusto por escribir con Patty, una de mis mejores amigas. Ella escribía un diario de manera impecable y me lo leía.
Por las noches intercambiábamos cartas en la que nos contábamos lo que nos había sucedido ese día, la pelea con la familia o planeábamos el fin de semana. Aún conservo varias de esas cartas.
En esa época ya escribía poesía y de hecho fue con ella que experimentamos escribir a escondidas y bajo los efectos del alcohol, según nosotras, para inspirarnos mejor.
En el colegio tuve un “diario colectivo” que circulaba entre las compañeras de clases donde cada una volcaba sus sentimientos. Era el tesoro más deseado por las monjas y alguna vez incautado (causó revuelo) sin embargo fue rescatado por Raquel, la profesora de Literatura, estudiante de San Marcos que nos hacía escribir y (como en “La Sociedad de los Poetas Muertos”) leer nuestros escritos en voz alta y con la cabeza erguida frente a la clase.
Más tarde en el instituto seguía haciendo poesía. Eduardo C. un amigo me dio el que hasta ahora considero uno de los mejores regalos de mi vida, mi primer libro de poesía. Una recopilación de poemas de escritores latinoamericanos. En el Chaplin gané en los juegos florales con alguna poesía y fue allí que conocí a Claudia una amiga con la que al terminar nuestras clases decidimos hacer realidad el sueño de publicar: “Reciclando Sueños”. Fue una travesía; obtuvimos fondos vendiendo papel donado y Eduardo nuestro profe nos ayudó a editarlo. Una “profesora” de un taller de poesía no quiso presentarlo en público porque sentía que eran poemas muy “básicos”. Fue allí que conocimos a Rocío Silva Santisteban y en algunas sesiones nos acercó más a la poesía. Allí leí mis primeros textos de Alejandra Pizarnik.
No he parado de escribir. He hecho algo de poesía. He escrito y descrito a pacientes que visitaba cuando trabajaba en un hospital. He escrito sobre los chicos de la calle cuando fui voluntaria del Hogar de Cristo. He escrito sobre mis sueños y situaciones que marcaron mi vida. Me he permitido fantasear y lo sigo haciendo.
Gracias a todas las personas que influenciaron en mi vida para atreverme a escribir. A ellas y a la vida misma que me inspira le dedico este blog.